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Un grupo de campesinos de la comunidad Paz Yaku (Río de Paz, en español) recorre a diario una parte de los linderos de su bosque húmedo, ubicado al suroriente de Pastaza.

Así evitan que sus vecinos talen los árboles o invadan una parte de las 30 hectáreas de sus tierras.

Otra de las medidas de seguridad para proteger su “tesoro” natural son las mingas. Cada semana limpian los senderos y siembran plantas. Incluso dejan que crezca la vegetación nativa en las chacras de yuca, plátano, papa china y otros, luego de ser cultivadas. Esta técnica permite que el suelo se recupere luego de haber sido explotado.

“El cuidado de nuestro entorno está motivando a otros vecinos que destruyeron parte de su bosque. Ahora ellos quieren recuperarlo sembrando plantas nativas”, aseguró la líder indígena Elsa Machoa.

Los indígenas de la nacionalidad Kichwa también consiguen recursos económicos para el cuidado del bosque con la implementación del turismo comunitario. Los indígenas ofertan la gastronomía de la zona como el maito de carachaza o de tilapia. Asimismo, caminatas por los senderos ecológicos hasta un mirador.

Desde la parte alta se puede observar una zona de la cadena montañosa de los Andes y la espesa vegetación selvática. En esta área se registra el nacimiento de vertientes que forman pequeños esteros donde los visitantes pueden bañarse. Estos desembocan en el torrentoso río Pastaza.

Machoa, que también se desem­paña como guía naturalista, dijo que la presencia de turistas permite crear una cultura ambiental. Además de valorar las artesanías y la cultura kichwa de la comunidad Paz Yaku. Ahí viven 12 familias que se dedican al turismo como su principal ingreso económico. ​

El territorio localizado en la parroquia Madre Tierra es extenso. Entre los árboles y la vegetación del bosque secundario se pueden encontrar venados, dantas, loras, monos, mariposas y otros animales que hay en esta reserva.

Del mismo modo, se pueden hallar algunos árboles medicinales como el ajo de monte, ayahuasca, guanto, guayusa y sangre de drago. Este último árbol es apetecido por los habitantes por su valor curativo. Partes de la planta y el líquido se comercializan en los mercados de Ambato, Latacunga, Riobamba y otras urbes.

Machoa cuenta que los invasores arriban con machete a sus tierras. Hacen un corte en el tronco, del que brota un líquido café oscuro, que es recogido en envases plásticos.

“Esta esencia cura la úlcera del estómago, sana las heridas y limpia el rostro. Sus nutrientes son apetecidos y por eso nosotros hacemos rondas para evitar la destrucción del bosque”, indicó Machoa.

Las integrantes de la Asociación de Mujeres Agua Viva son otras de las guardianas del bosque. Ellas se dedican a la elaboración de las mokawas y otros utensilios de barro.

Las artesanías se venden en el poblado donde funciona también el centro artesanal; allí ofrecen collares, brazaletes, aretes y anillos elaborados por las mujeres del pueblo.

Elvia Santi, dirigente de la Asociación, contó que en Putuimi y Rayurko realizan proyectos de conservación semejantes a los de Paz Yaku. “Sus actividades de conservación, turismo comunitario y venta de productos es un atractivo para los turistas. Son un ejemplo en el cuidado de la naturaleza”, dijo Santi.

FUENTE: EL COMERCIO

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